El mensaje republicano en El Señor de los Anillos

J. R. R. Tolkien es uno de mis autores favoritos. He leído prácticamente todas sus obras y, como a muchos, El Señor de los Anillos me resulta particularmente fascinante. Tolkien fue amigo cercano de C. S. Lewis —conocido principalmente por la serie de siete libros Las Crónicas de Narnia— y, junto con otros escritores, formó parte de un club informal llamado los Inklings. Este grupo estuvo conformado mayoritariamente por escritores de convicciones cristianas, en especial apologistas o cristianos racionales. Precisamente de los Inklings surgieron las novelas que dieron fama tanto a Tolkien como a Lewis. No obstante, fue El Señor de los Anillos la obra de mayor trascendencia emanada de este círculo intelectual.

El Señor de los Anillos relata una historia que transcurre en una tierra de fantasía llamada la Tierra Media. Este mundo encuadra una amplia diversidad de culturas y razas: enanos, elfos, magos, orcos y humanos, además de una raza particularmente peculiar conocida como los hobbits. Tolkien construye su universo fantástico a partir de los valores que el cristianismo imprimió en Occidente y muestra cómo dichos valores han sido —y continúan siendo— una de las pocas vías eficaces para vencer cualquier forma de tiranía.

De manera notable, Tolkien logra representar conceptos abstractos, comportamientos humanos e incluso formas de gobierno y de control político mediante símbolos como los anillos y las distintas razas de seres inteligentes. Así, los enanos representan la codicia y la avaricia: acumuladores irracionales de oro y tesoros. Los elfos encarnan el conocimiento y la sabiduría, aunque acompañados de un orgullo que roza la soberbia. Los magos cumplen el rol de mensajeros y guías, llamados a orientar sin intervenir directamente en los asuntos del mundo. Los humanos, por su parte, aparecen como seres duales, debatidos constantemente entre el bien y el mal. Existen también criaturas de naturaleza puramente maligna, como los orcos, cuyo impulso es destruir sin razón ni propósito moral.

Entre todas estas razas, una de las más interesantes es la de los hobbits. A simple vista parecen insignificantes, pero se revelan como los verdaderos héroes de la historia. Son de baja estatura y su forma de convivencia se asemeja a la humana, aunque sin su complejidad excesiva. Su estilo de vida es sencillo, austero y profundamente ordenado.

La lucha por el poder y el control constituye el eje central de la historia de la Tierra Media. Tolkien utiliza como símbolos máximos de ese poder al Anillo Único y a los Anillos de Poder, artefactos creados por Sauron, un mago que se inclina hacia el mal y que pretende gobernar a todos mediante ellos. Estos objetos funcionan como una metáfora del poder absoluto. En este sentido, Tolkien parece hacer suya la célebre máxima de Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. En la saga, nadie —absolutamente nadie— es capaz de resistir por completo la influencia del Anillo Único.

Sin embargo, los hobbits se presentan como la raza con mayor capacidad de resistencia frente a esa corrupción. No son incorruptibles, pero sí los que mejor soportan la tentación del poder. La diferencia radica en su sistema de valores. Tolkien exalta en los hobbits virtudes como la humildad, la integridad, la honestidad, el respeto al prójimo, el cumplimiento de la palabra dada, el respeto a los acuerdos contractuales e incluso la probidad en asuntos aparentemente triviales, como las apuestas en juegos de azar.

Mientras que humanos, elfos y enanos suelen debatirse entre lo conveniente y lo inconveniente, lo bueno y lo malo, los hobbits simplemente viven sus valores. Estos no se encuentran únicamente en libros o normas escritas, sino que forman parte integral de su estilo de vida. Para ellos, los valores funcionan como leyes naturales que ordenan su convivencia cotidiana. Aunque muchas de sus normas no estén formalmente codificadas, viven bajo el gobierno de la ley. En otras palabras: son republicanos.

La conducta republicana de los hobbits está claramente documentada en El Señor de los Anillos. Un ejemplo es el acuerdo entre Gandalf —el mago conocido como Gandalf el Gris— y Samsagaz “Sam” Gamyi, amigo y compañero de Frodo Bolsón. Sam se compromete ante Gandalf a proteger a Frodo y cumple su promesa hasta el final. Otro caso es el de Bilbo Bolsón, tío de Frodo, quien se convierte en portador del Anillo Único y, posteriormente, lo hereda a su sobrino mediante un contrato formal sellado con el emblema de la familia. Bilbo también lega todas sus propiedades a Frodo por la misma vía contractual, acuerdo que es respetado, aunque a disgusto, por los miembros de la familia que no recibieron herencia.

Asimismo, Meriadoc “Merry” Brandigamo y Peregrin “Pippin” Tuk, junto con Sam, realizan un juramento para acompañar y proteger a Frodo, aun sin comprender plenamente el peligro que enfrentarán. Pese a ello, honran su compromiso hasta el punto de arriesgar sus propias vidas. Tolkien deja así en claro que los hobbits, pese a su vida simple, comprenden, respetan y cumplen tanto los acuerdos orales como los escritos.

Incluso en situaciones potencialmente caóticas, como el saqueo, los hobbits se conducen de manera civilizada. En El Hobbit se relata que, tras varios meses de ausencia de Bilbo Bolsón y dándolo por muerto, los habitantes de La Comarca deciden “saquear” sus propiedades. Sin embargo, lo hacen de forma ordenada: organizan una subasta pública, supervisada por un juez o subastador, y los bienes son adquiridos por los interesados al mejor postor. No hay robo ni vandalismo; la transferencia de bienes se realiza, como diría cualquier abogado, conforme a derecho.

Lo más relevante es que los hobbits no tienen rey ni gobernador, porque no lo necesitan. Su gobierno es la ley misma. Cuando surgen conflictos, recurren al juez de paz de La Comarca para resolver sus diferencias. La definición más elemental de república es “gobierno de la ley”, es decir, un sistema en el que la ley gobierna y nada ni nadie se sitúa por encima de ella.

La adaptación cinematográfica de Peter Jackson refuerza este mensaje en una de sus escenas finales. Cuando Aragorn asume el trono tras la derrota de la tiranía, los hobbits intentan inclinarse ante él. Aragorn los detiene y declara que son ellos ante quienes debe inclinarse el rey. A continuación, todo el reino se inclina ante los hobbits. El simbolismo es claro: ni siquiera el rey está por encima de la ley ni de los valores que sostienen a la comunidad.

Aunque Tolkien evitó introducir símbolos cristianos explícitos en su obra, El Señor de los Anillos es, en esencia, una alegoría del cristianismo occidental y de los valores que dieron forma a las principales potencias del mundo, potencias económicas que por desgracia están abandonando el cristianismo. La Comarca simboliza al Israel antiguo descrito en las Escrituras cristianas: un pueblo sin un rey absolutista y terrenal, un pueblo gobernado por la ley natural, un pueblo que respeta los acuerdos y que cuenta con jueces encargados de dirimir los conflictos.

El mensaje central de El Señor de los Anillos nos ofrece una fórmula para escapar de los sistemas totalitarios y tiránicos: el gobierno republicano, limitado a proveer seguridad y justicia, donde ningún individuo —ni siquiera quien ejerce el poder— está por encima de la ley.