El paradigma democrático chino

Sí, China puede considerarse democrática, pero bajo un paradigma distinto al occidental. Tras la muerte de Mao Zedong, el liderazgo chino abandonó el dogmatismo ideológico rígido y adoptó —de facto, aunque no de iure— un paradigma de tipo aristotélico-tomista como principio organizador del gobierno, particularmente en lo que respecta a la legitimidad basada en resultados y en el orden social.

El punto de partida: crisis y supervivencia del Estado

A la muerte de Mao, el Partido Comunista de China realizó una evaluación profunda de la situación nacional y de su propia viabilidad política. El diagnóstico fue contundente: pobreza masiva, una población vulnerable a nuevas hambrunas, un aparato productivo ineficiente y un partido profundamente desacreditado, con un riesgo real de colapso y de una nueva revolución interna.

Deng Xiaoping y el giro pragmático

Con la llegada de Deng Xiaoping al poder, formalmente en 1981, se toma una decisión estratégica profundamente pragmática. Su célebre frase —“No importa si el gato es blanco o negro, mientras cace ratones”— sintetiza el cambio de paradigma: la ideología deja de ser el criterio supremo y es reemplazada por la eficacia práctica.

Desde finales de la década de 1970, incluso antes de consolidar su liderazgo, Deng inició un proceso sistemático de aprendizaje histórico, observando modelos sociales, políticos y económicos que habían funcionado a lo largo del tiempo. Aunque su formación inicial fue marxista-maoísta, hacia el final de su carrera política su pensamiento se transformó en un nacionalismo pragmático, consciente de que las reformas necesarias solo podían realizarse desde el propio partido y no mediante su destrucción.

Más que reformas económicas: una civilización política

Con frecuencia se afirma que Deng “solo” impulsó reformas económicas. Sin embargo, los cambios más profundos fueron civiles y sociales: Deng civilizó la política china. Aprovechó la estructura orgánica del partido —aldeas, fábricas, barrios, comités locales— para transformar su función: dejaron de ser meros difusores de ideología y pasaron a convertirse en mecanismos de evaluación de resultados.

Este modelo no encaja ni en la democracia liberal clásica ni en el concepto moderno de Estado-nación. Se trata más bien de una democracia de tipo aristotélico, orientada a la construcción de una civilización-Estado, heredera del orden imperial chino y administradora del llamado “Mandato del Cielo”.

Esto guarda una similitud —que no identidad— con la teoría política aristotélico-tomista desarrollada por la Escuela de Salamanca. Como formuló Francisco Suárez:

“El poder reside originalmente en la comunidad, que lo transfiere al gobernante.”

Mandato del Cielo y legitimidad condicionada

En la tradición china, el Mandato del Cielo concibe al gobernante como administrador de un orden superior, no como su dueño. En el tomismo político, el gobernante es administrador del bien común. En ambos casos, la autoridad es condicionada y puede perder legitimidad si fracasa en su función.

Esta base social y comunitaria es la que ha sostenido las reformas económicas de Deng y ha dado forma al modelo chino contemporáneo.

El límite del modelo: pragmatismo sin moral

No obstante, el análisis no estaría completo sin señalar sus riesgos. El modelo chino puede entenderse como un pragmatismo histórico elevado a principio de legitimidad: el poder se justifica por su capacidad de producir orden, estabilidad y continuidad, no por su conformidad con un orden moral objetivo previo —es decir, con principios como la justicia, la dignidad humana y la verdad.

En este esquema:

  • la historia sustituye a la moral,
  • la eficacia sustituye a la justicia,
  • la estabilidad sustituye a la verdad.

Riesgos estructurales

Aquí radica el peligro central. Al no reconocer explícitamente la ley natural, la dignidad intrínseca de la persona ni una verdad objetiva trascendente, el sistema corre el riesgo de instrumentalizar al ser humano. En ese contexto, el sacrificio humano puede llegar a justificarse y la represión puede racionalizarse cuando se considera funcional al orden.

Lecciones comparativas

En el contexto actual, al comparar los grandes sistemas políticos contemporáneos como experimentos históricos, el modelo chino ha demostrado —hasta ahora— resultados superiores a los de Occidente, tanto en Estados Unidos como en Europa, al menos en términos de estabilidad, crecimiento y planeación de largo plazo.

Sin embargo, no deben ignorarse sus peligros. Aunque el modelo chino parece emular, en ciertos aspectos, a las monarquías cristianas occidentales primitivas —civilizatorias y sustentadas en un marco aristotélico-tomista—, sin un fundamento moral sólido el sistema no solo puede volverse insostenible a largo plazo, sino también peligroso, no solo para sus ciudadanos, sino para el orden internacional.

Un cierre abierto

No me atrevo a formular un pronóstico fatalista. Es un hecho que en China existe un crecimiento significativo del cristianismo, tanto protestante como católico, lo que podría propiciar, con el tiempo, un viraje moral que encauce políticamente a la nación.

Lo que hoy hace China puede calificarse como funcional y, en muchos aspectos, correcto. Podría ser mejor. Y la esperanza razonable es que no derive en algo peor. El desenlace dependerá, en última instancia, no solo de su eficacia histórica, sino de si logra integrar un fundamento moral que limite y desmaterialice su extraordinario poder.