La derecha sufre de discapacidad política

Discapacidad política. Condición del actor político que, por limitaciones intelectuales o mentales funcionales, presenta serias dificultades para ejercer su responsabilidad en la vida pública. Dícese del político con capacidades políticas “diferentes”, particularmente dotado para delegar sus propias omisiones en la oposición —a la que posteriormente acusa— o para transferir su responsabilidad a agentes extranjeros, a quienes contempla con devoción cuasi mesiánica, siempre dispuestos, en su imaginación, a acudir al rescate.

Así, muchos de los que se autoproclaman oposición, que se dicen de derecha o que señalan la injusticia ejercida por quienes hoy detentan el poder —las izquierdas populistas—, pero que en realidad son “lisiados” políticos, carentes de principios, de ideología y de un proyecto político propio, resultan incapaces de asumir su responsabilidad. Urgidos de acción política, voltean hacia afuera en busca de un mesianismo político, cuando lo que verdaderamente se requiere es reconocer las propias falencias y trabajar sobre ellas, transformándolas en una oportunidad para construir un movimiento de derecha auténtico, tan necesario y apremiante en el mercado político nacional.

A la luz de los acontecimientos recientes en Venezuela —me refiero a la detención de Nicolás Maduro por parte del gobierno de Donald Trump— resulta evidente el viraje discursivo de este último. Ya no se habla de “terrorismo”, ni del fentanilo; ya no se invoca a los jóvenes estadounidenses envenenados por tan infame sustancia; ya no se señala la inmigración forzada desde América Latina hacia los Estados Unidos de Norteamérica. No. Ya no es nada de eso. Es, y siempre fue, el petróleo. Hoy incluso se atreven a declararlo abiertamente: el petróleo es de ellos.

A pesar de este cambio de discurso, las llamadas “derechas” continúan proclamando la necesidad de una intervención de Estados Unidos en México. ¿Para qué? ¿Para entregar al país? ¿Para restablecer un orden en el que México siga siendo el patio trasero de los estadounidenses? ¿Para continuar satisfaciendo el apetito enfermizo de un imperialismo arcaico?

Lamentablemente nos encontramos atrapados en una discusión populista que no produce nada de valor. Por un lado, el discurso patriotero de izquierda, alimentado por un supuesto nacionalismo de “derecha”, en el que ambos terminan siendo igual de entreguistas, aunque por vías distintas.

Los primeros, haciéndole el juego —e incluso proveyendo de petróleo— al régimen castrista; los segundos, adormecidos en la fantasía de entregar el país a cambio de no se sabe qué, quizá simplemente del poder por el poder.

El político —sin importar el espectro ideológico al que diga pertenecer— que anhela que los asuntos nacionales sean dirigidos, corregidos o alineados por una entidad extranjera, se asemeja al esposo cornudo que, lejos de sentir pudor, exige a gritos la intervención de un tercero para “hacer feliz” a su esposa, renunciando voluntariamente a su dignidad, a su responsabilidad y a su lugar natural.

Para dar respuesta —sin quedarnos únicamente como espectadores en la tribuna de la crítica estéril, que señala pero no propone— es necesario reconocer que la salida no es sencilla. Sin embargo, la dificultad no puede ni debe empujarnos a la discapacidad política.

El quehacer político auténtico y honesto exige trabajo sostenido y participación ciudadana real, no atomizada ni individualista, sino articulada a partir del orden que nos brindan las estructuras sociales naturales: primero la familia; después, las iglesias y las organizaciones civiles no circunstanciales, sino aquellas de carácter gremial, magisterial y profesional; y finalmente, las organizaciones empresariales, no las corporativistas subordinadas al sistema, sino aquellas que, como nosotros, buscan una salida frente a la imposición constante que no solo frena sus capacidades, sino también las de toda la sociedad.

Solo desde esa reconstrucción del tejido social, desde abajo y con responsabilidad, será posible abandonar la crítica cómoda y asumir el compromiso de transformar la realidad política que hoy nos asfixia.