En el debate político contemporáneo, el término nacionalismo se utiliza con una ligereza peligrosa. Se invoca como bandera identitaria, como respuesta emocional a la globalización o como coartada ideológica para justificar proyectos de poder que, en el fondo, poco o nada tienen que ver con la nación real. El problema no es menor: existen nacionalismos que, lejos de fortalecer a la patria, la vacían de contenido y la subordinan a intereses ajenos, ya sea ideológicos, económicos o geopolíticos.
Dos de estos falsos nacionalismos merecen especial atención: el nacionalismo del socialismo internacionalista y el mal llamado nacionalismo católico o cristiano de corte verticalista. Aunque se presentan como opuestos, comparten una misma falla estructural.
El nacionalismo del socialismo internacionalista: la nación como instrumento
El socialismo, incluso cuando se disfraza de nacionalista, es por naturaleza internacionalista. Su lealtad última no está con la nación concreta, histórica y cultural, sino con una ideología universal que se pretende válida para todos los pueblos y tiempos.
En este esquema:
- La nación no es un fin, sino un medio.
- La soberanía se invoca solo cuando sirve al proyecto ideológico.
- El patriotismo es retórico, no civilizatorio.
La historia latinoamericana es clara: los socialismos “nacionales” terminan alineados con agendas supranacionales, dependientes de centros de poder externos y dispuestos a sacrificar el bienestar interno en nombre de una causa abstracta. La patria se convierte en rehén de la ideología, y el pueblo en masa administrada.
Este tipo de nacionalismo no construye comunidad; construye obediencia.
El falso nacionalismo cristiano: Dios como coartada del poder
En el extremo opuesto —al menos en apariencia— surge el llamado nacionalismo católico o cristiano. Sin embargo, en muchas de sus expresiones contemporáneas, este modelo incurre en un error igualmente grave: coloca a Dios falsamente “en la cabeza” para justificar un orden político vertical y absolutista.
La estructura que propone es conocida:
- Dios en la cúspide,
- el gobernante como su supuesto representante,
- y el pueblo en posición de obediencia pasiva.
El problema claramente no es Dios. El problema es cómo se instrumentaliza su imagen.
Cuando se pide al pueblo que se someta al jerarca político bajo el argumento de que “su cabeza es Dios”, lo que en realidad se está haciendo es trasladar la obediencia debida a Dios hacia el poder humano. Esto no es teología cristiana; es teología política del absolutismo.
Este modelo no fortalece la nación: la infantiliza. Y, paradójicamente, suele desembocar en entreguismo, porque al concentrar la responsabilidad moral y política en una sola cabeza, la comunidad queda desarmada frente a decisiones erradas, traiciones o alineamientos externos.
El error común: ideología por encima de la comunidad real
Tanto el socialismo internacionalista como el nacionalismo religioso mal entendido comparten un rasgo esencial: colocan una abstracción por encima de la sociedad concreta.
En uno, la abstracción es la ideología. En el otro, una interpretación política del orden divino.
En ambos casos:
- La familia queda subordinada al Estado.
- Los cuerpos intermedios se debilitan.
- El municipio pierde autonomía.
- La nación deja de ser una construcción viva y orgánica.
Esto no es orden, es mera imposición y lejos de ser patriotismo, es administración del poder.
Lo correcto: Dios como cabeza de todo, no del Estado solamente
La alternativa no es laicismo radical ni teocracia encubierta. La alternativa es más profunda y, a la vez, más sencilla. En una visión cristiana auténtica:
- Dios no está “arriba” del Gobierno.
- Dios lo permea todo.
Dios es cabeza de:
- la familia,
- la Iglesia,
- la sociedad,
- la economía,
- y sí, también del Gobierno.
Esto implica una consecuencia fundamental: el Gobierno no es la cabeza de la sociedad, sino una entidad más dentro de ella, con funciones específicas, limitadas y subordinadas al orden moral y social previo.
La verdadera nación no nace del decreto ni del caudillo, sino de abajo hacia arriba:
- familia,
- patrimonio,
- matrimonio,
- comunidad,
- municipio,
- región,
- nación.
El patriotismo auténtico es horizontal en su base y responsable en su ejercicio. No delega su destino a mesías ideológicos ni a jerarcas sacralizados. Asume que la soberanía comienza en la conciencia, se ejerce en la comunidad y se defiende con responsabilidad.
Conclusión
Todo nacionalismo que subordine la patria a una ideología, o que utilice a Dios como escudo del poder político, es un nacionalismo falso. Ambos terminan traicionando aquello que dicen defender.
La nación no se salva desde arriba. Se construye desde dentro.
Y solo cuando Dios es reconocido como Señor de toda la vida —y no como herramienta del Estado— el Gobierno puede ocupar su lugar justo: ni amo, ni redentor, sino servidor limitado de una sociedad viva, responsable y libre.